lunes, 11 de noviembre de 2013

MAGDALENAS DE NATA EN EL SINALOA CON MÓNICA GUTIÉRREZ


Esta semana le toca el turno a Mónica Gutiérrez, la autora de Cuéntame una noctalia. Esta fue una de las últimas novelas que leí en 2012 y me dejó una gratísima sensación, un sabor tan rico como las magdalenas que prepara Teresa en el Sinaloa, el bar de Mic Napoca. Nicolai, el abuelo, Teresa… los nombres de los personajes de esa novela danzan en mi mente como los copos de nieve en ese pueblo de Transilvania donde transcurre la novela.

Queréis probar las magdalenas. Aquí, dentro del relato que nos regala Mónica, está la receta.

¿Empezamos?

La foto se la tomamos prestada a http://copiacocina.blogspot.com.es/ porque hemos tenido un contratiempo con la que tenía que ir aquí, pero en cuanto esté la cambio.

* * *

Teresa ve entrar a su gato y sonríe. Sabe quién le viene a la zaga. Los pasitos de las botas de invierno de Nicolai son rápidos y suenan felices en el suelo de madera oscura de la cocina del Sinaloa.
—Hola, Nicolai.
El niño rubio como las espigas de trigo en verano levanta la vista sorprendido. Teresa se ha recogido su larguísimo pelo encima de la cabeza y ahora parece uno de esos soldados que escoltan a la reina de Inglaterra.
—Teresa —le contesta con una sonrisa que llena de luz la cocina—, está nevando.
Teresa asiente tranquila, con su moño en equilibrio, y le hace un gesto al niño para que se acerque. Nicolai coge un pequeño taburete, lo arrastra hasta ponerse a su lado y se sube rápidamente. En la hermosa encimera de mármol oscuro hay pequeñas sacas y potes, jarras de colores y tesoros misteriosos.
—Voy a hacer magdalenas de nata —le anuncia la mujer con la voz llena de promesas—. Porque está nevando.
Nicolai no cuestiona la lógica del Sinaloa, para él sigue siendo la tierra prometida del chocolate caliente y los pastelillos de mermelada y crema. Le dedica a Teresa su mirada más sabia y asiente, repentinamente serio, dispuesto a no perderse la magia que rodea siempre a su anfitriona.
—Verás —le dice ella— Aquí tenemos los ingredientes. Veamos si falta algo.
Nicolai observa el cartón amarillo y manchado que Teresa ha puesto en una de las esquinas de la encimera. Ha aprendido a leer en la escuela pero todavía le cuesta un poco, es difícil cuando ya no se trata de mayúsculas.
—Re-di-en-tes —silabea concentrado.
Para ser justos, una pequeña mancha de aceite ha hecho casi ilegible el Ing del principio.
—Redientes necesitaremos si nos quedan duras, ¿verdad, corazón?
Teresa se pone las gafas y repasa la ficha de la receta:

(Ing)redientes:
La piel de un limón
3 huevos grandes
250 g de harina para repostería
250 g de azúcar
Dos cucharadas soperas de aceite
150 ml de nata
1 sobre de levadura

—Bien, lo tenemos todo —continúa Teresa— Ahora rallamos la piel del limón, así.
Nicolai aspira con deleite el aroma limpio del cítrico y, aunque no está demasiado seguro de que esa piel sea comestible, asiente como un entendido repostero en miniatura.
—Ah, sí, casi se me olvidaba. El horno encendido a 180Cº mientras lo preparamos todo, para que vaya tomando temperatura.
Las manos de Teresa vuelan seguras sobre pesos y medidas. A Nicolai le desencanta un poco que no haya chocolate por en medio pero le gusta ayudar y en seguida se ofrece voluntario para ir a la alacena a por los huevos. Tiene la esperanza de encontrarse de nuevo con su peludo amigo de correrías.
—Batimos los huevos y añadimos el azúcar, la ralladura de limón, la nata y el aceite. Lo mezclamos todo bien.
—¿Y la harina? —apunta Nicolai hundiendo un dedito en la pequeña saca que la contiene.
—La pesamos, la mezclamos bien con la levadura y la añadimos a la mezcla que ya tenemos. Poco a poco.
Teresa no puede resistirse a manchar la nariz del duendecillo rubio con un toquecito de harina de sus dedos blancos. Nicolai estornuda y se ríe.
—¿Sabes cuál es el secreto para que las magdalenas queden esponjosas?
—Hacerlas bien —contesta muy serio el niño.
—Por supuesto —sonríe ella—. Para que queden esponjosas el secreto está en no remover demasiado la masa final, ¿ves? Hay que hacerlo a mano y no insistir demasiado. Si utilizásemos un mezclador eléctrico o insistiéramos en remover, tendríamos una masa perfecta para un brownie. Pero las magdalenas requieren de menos movimiento, para que la masa no esté del todo compacta y queden pequeñas burbujas de aire en su interior cuando actúen la levadura y el calor.
Nicolai asiente solemne. No sabe qué es un brownie, le suena a algo extraño y sofisticado. A algo, por ejemplo, con pasas. Al pequeño Nicolai no le gustan los bizcochos ni los bollos que llevan pasas. Y es un problema porque, a veces, la similitud entre las pepitas de chocolate y las pasas le han jugado alguna que otra mala pasada en un primer mordisco entusiasta. Hay que andar con ojo, no todos los bollos del Sinaloa son lo que parecen.
—Nicolai, ¿puedes poner los moldes de papel en fila sobre la bandeja? Así, muy bien. Ahora pondremos la mezcla en esta jarra e iremos vertiendo un poquito en cada molde de magdalena. Para que no se desborden cuando crezcan, lo mejor es llenarlos un poco menos de la mitad.
El niño baja del taburete y se aventura bajo la mesa de la cocina. Le ha parecido ver el camión de bomberos que ha perdido esta mañana. Lo rescata y se lo enseña triunfante al gato de Teresa, que sigue rondando por las proximidades del horno en funcionamiento. Al otro lado del enorme ventanal que preside la cocina, sigue nevando. Los árboles ya empiezan a parecer cargados de nieve y Nicolai calcula que mañana, si se estabilizan las nubes, podrá hacer algunas bolas.
Teresa termina de llenar todos los moldes de papel y corona cada magdalena con media cucharadita de azúcar. Lo deja reposar todo cinco minutos y mete la bandeja en el horno, sin cambiar la temperatura.
—Ahora esperamos diez minutos y las sacamos —dice en voz alta mientras se lava las manos—. O hasta que estén ligeramente doradas, claro. Depende.
Pero Nicolai ya no la escucha. Acaba de salir de la cocina cantando algo sobre una vaca amarilla y lleva un camión de bomberos en la mano. El gato anda tras él.
Teresa mira el silencioso baile de los copos de nieve al otro lado de la ventana y sonríe cuando percibe el olor de las magdalenas en el horno. Esa es la magia del Sinaloa.


Mónica es una de las blogueras más activas de la red, además de ser una escritora con una sensibilidad impresionante. Cuando el año pasado nos anunció en Serendipia, su blog, que había escrito una novela no me cupo ninguna duda: tenía que tener una escritura elegante y envolvente, como son las reseñas de cada uno de los libros que caen en sus manos.
Así fue, Cuéntame una noctalia, además de tener una portada sugerente, escondía una historia deliciosa. Te invito a conocerla. Quítate los zapatos, siéntate delante del fuego, y deja que te cuente una noctalia. ¿Qué es una noctalia? ¿Por qué no lo descubres?

Mónica ocupará la M en nuestra Biblioteca de autores.

La semana que viene, el autor invitado será…


5 comentarios:

  1. Gracias, Mayte, un placer pasarme por aquí a compartir unas magdalenas y algo calentito ahora que empieza el frío. Qué buena idea esta biblioteca de sabores :-)) Besos.

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  2. Muchas gracias a ti, Mónica. Las magdalenas tienen una pinta tan deliciosa como el relato.

    Besotes!!

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  3. Ay, qué recuerdos del Café de Teresa! Porque yo soy de las afortunadas que me he tomado un chocolate caliente ahí.

    Nikolai, yo te entiendo, a mí tampoco me gustan los bollos con pasas que se confunden con chocolate ¡qué estafa!

    pd. Segunda vez que intento publicar este comentario a ver si con suerte...

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  4. Ostras, qué buena pìnta tienen!!! ya cuando lei el libro me imaginaba que el Sinaloa era increible pero si encima hacen estas magdalenas tan apetecibles ya ni te cuento...

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  5. Estas magdalenas tengo que hacerlas. Pero me da que no me van a salir igual que a Teresa... Habrá que ir otra vez a su café...
    Besotes!!!

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