lunes, 13 de enero de 2014

BOCAS DE AZÚCAR, DE ENRIQUE RÍOS FERRER


 Vuelta de vacaciones. Se han acabado los excesos, las prisas, las comilonas y apetece un punto de relax en nuestras vidas, ¿no creéis? Por eso, qué mejor que empezar con algo como lo que nos plantea Enrique Ríos Ferrer, autor de la novela El juicio de Dios, una de las historias más originales y con una trama más elaborada que me he encontrado buceando entre esos autores que han surgido amparados por la facilidad que nos proporciona internet para poner nuestras obras a la vista.

Cada autor es un mundo, cada uno tiene la libertad de plantear la entrada para este espacio como quiera, y Enrique se ha decidido por un cóctel maravillosamente aderezado por una historia. Hoy no hay ingredientes, hay que buscarlos leyendo (os lo hemos puesto fácil, de todas maneras). ¿Os atrevéis?

Ahora sólo nos falta, compartirlo con alguien especial.

* * *
BOCAS DE AZÚCAR
Enrique Ríos Ferrer



La tarde había sido para Ernesto, simplemente espectacular. El cumpleaños de su amigo Miguel no había podido ir mejor; buena merienda, cena y un final apoteósico en la discoteca Génesis donde había conocido a Elena.
Miguel  era compañero en la Escuela de Hostelería, donde Ernesto se preparaba para su gran afición; la cocina. Le encantaba deambular entre platos, sartenes y guisos… aunque de momento se ayudaba trabajando en la cafetería Atlanta. Un lugar elegante, decorado a la antigua usanza, pero fundamentalmente concurrido por señoras de la llamada, edad respetable. O sea, muy mayores.  Aburridamente mayores.
La preciosa Elena…
Aún recordaba los gritos en la pista para hacerse entender entre el maquiavélico sonido que destrozaba los tímpanos, a la par que imprescindible, para conseguir el ambiente adecuado.  La muchacha se divertía con varias amigas entre las que se mezclaron Miguel y Ernesto para tratar de ligar, obviamente. Luego las invitaron a una copa… y ahí comenzaron los problemas para Ernesto. Bueno, ahí, y en su presuntuosa boca, que de haber tenido cerrada, hubiera evitado un buen lío.
—Esta copa no sabe a nada. Es un timo –gritaba Elena, ante el chico que la miraba sonriente, asintiendo, sin entender mucho lo que decía.
—¿Me entiendes? No sabe a nada!! –preguntó la avispada  muchacha, enseñándole la copa, dándose cuenta de que no la entendía, y acercándose más a su oído.
—Ya!! No saben lo que es un coctel –replicó gritando, con aires de entendido.
—¿Sabes hacerlos? –preguntó, no sin cierta admiración.
Primer error.
—Claro, Soy especialista. Donde trabajo, no me piden otra cosa.
—¿De veras? ¿Dónde trabajas?
Segundo  error.
—En la cafetería Atlanta, en el centro.
—¿La de la Avenida?  Mis tíos viven al lado.
—¡Qué bien! –Ernesto comenzó a intuir que aquello le iba complicar la existencia.
—Si me invitas, mañana podría pasar con mi amiga Mary —dijo señalando a la chica que  bailaba con Miguel—. Y nos demuestras cómo los haces. –Volvió a acercarse a su oído—.  Me encanta la gente que sabe manejar bien la coctelera.
Lo dijo guiñándole un ojo, que apresuró la respuesta del chico.
—¡Vale! –Intentó recuperar su aplomo–. Os espero a las seis.
—Allí estaremos ¿Volvemos con nuestros amigos? –Y tomando de la mano a Ernesto, volvieron a la pista.
Aquella noche,  Ernesto, soñó con botellas que volaban y escanciaban sus contenidos en bellos vasos decorados, mezclando sus líquidos con el de otras botellas que hacían lo mismo, saltando luego todo por los aires con gran estruendo.
 Se levantó sobresaltado. ¿Qué demonios iba a hacer, si lo más que había hecho, era abrir botellines de cerveza?
¡¡Un coctel!!  ¡Qué sabía él de eso! Se levantó para ir a la Escuela de Hostelería, mientras que por su cabeza, empezaba a germinar una idea.
A las tres de la tarde, ya estaba en la cafetería hablando con el señor Riquelme, uno de los dueños.
—Qué te deje hacer… ¿qué?
—Verá señor, es algo que tenemos que presentar como prueba que puntúa para el examen. Y si me enseñara a hacer alguno de esos tan originales, que presume siempre de haber hecho.
—¿Presumo? Eres un impertinente, muchacho.
—No quiero ofenderle, señor Riquelme, pero siempre ha contado lo de aquella vez que se presentó aquí  aquella artista… —dijo señalando una fotografía junto a la caja, en la que se veía a dos bellas mujeres, en la barra del mismo bar donde se encontraban—, ¿cómo se llamaba?
—Sarah Newman
—Esa.  La que decía usted que estaba como un queso.
—Es que lo estaba. –Sus ojos brillaron al recordarla.
—Y que menudo éxito tuvo con la copa que le preparó. ¿Cómo fue aquello? Nunca se la he visto preparar.
El hombre miró dubitativo a Ernesto, pero las ganas de contarlo de nuevo, borraron de su cabeza cualquier atisbo que indicara que aquello era una trampa, indicando al joven que le acompañara al mostrador.
—Ella estaba allí –señaló un extremo del mostrador. No había nadie en la cafetería y entró con una amiga. Me acerqué, un poco nervioso, todo tengo que decirlo –sonrío al chico–, y le pregunté qué iba a tomar.
—Un “Julius Cesar”,  me dijo ella, casi en perfecto español. –Miró a Ernesto—. Me quedé perplejo y ella lo notó.
—Es una copa ¿Tiene angostura? –Me preguntó sin darme tiempo a reaccionar.
—Sí —respondí, un poco  aturdido.
—Si le indico cómo, ¿nos prepara dos copas? La verdad es que hemos salido con la intención de tomarlas. Nos acaban de hacer una entrevista aquí al lado, y su local nos ha parecido muy elegante para hacerlo… —se volvió al muchacho—,  ¿y sabes qué me dijo?
Ernesto negó con la cabeza.
—Recuerdo perfectamente sus palabras “y le enseñaré cómo los hacen en Hollywood”. Me lo preguntó con la sonrisa más cautivadora que puedas imaginar –dijo con los ojos brillantes por el recuerdo. Ernesto lo escuchaba sin perder detalle.
—¿Y que hizo usted? –preguntó.
—¿Qué voy a hacer? ¡Pues preparárselos! Fui a por dos copas de balón y las puse delante de ellas. Sarah me miraba sonriente, y yo me sentía aturdido. De cerca impresionaba. Y además, qué pedazo de actriz. La recuerdo en…
—Señor Riquelme, que se marcha por la tangente –le interrumpió Ernesto, a quién el tiempo comenzaba a acuciarle.
—Tienes razón, hijo. Como te decía, le puse delante las copas y le pregunté qué hacía con ellas.
—Lo primero, ponga azúcar extendido en un plato y moje un poco las bocas a las copas.
—¿Las bocas? —pregunté.  Nunca había oído tal expresión. Ella riendo, señaló el borde de un vaso. Asentí sonriendo y así lo hice. Entonces, Sarah, cogiendo las copas, las hizo girar por sus bocas sobre el dulce azúcar, poniéndolas a continuación de pie, frente a mí. Habían quedado preciosas. Como bolas de Navidad.
—Ahora ponga unos cubitos de hielo en un paño.
—¿En un paño? –pregunté un tanto asombrado.
—Sí, y un martillo por favor.
—¿Para qué quería un paño y un martillo? –preguntó Ernesto, verdaderamente intrigado.
—Ella mismo me sacó de dudas. Cerró los cubitos en el paño de cocina, y los golpeó con decisión. Luego lo abrió y me dijo que ya podía echarlos en las dos copas.
—¿Y por qué no echarlos enteros?
El señor Riquelme sonrió ante la expectación que causaba en su joven camarero.
— Para que no fueran ni grandes ni pequeños, haciendo más agradable el trago. Luego me pidió un rallador para utilizarlo con la angostura, y echar un pellizco. A continuación me pidió una coctelera, que prácticamente estaba de adorno porque no la utilizaba nunca.
— ¿Y qué pidió más? –azuzó el muchacho.
Un tercio de coñac, otro de naranjada y un último tercio de vermut rojo.  Lo mezclé, lo eché a las copas. Añadí una rodaja ranurada de naranja al canto de las copas –miró a Ernesto con orgullo–, luego una pajita… y… et voilá.
—¿Y a qué sabía el brebaje?
—Bebí un sorbo que me ofreció Sarah del suyo —suspiró—. Estaba bueno, pero nunca se me ocurrió hacerme uno. Ya sabes que yo no bebo. Pero a ellas pareció encantarles.
—Tengo una idea, señor Riquelme. –Los ojos de Ernesto, brillaban exaltados, porqué recordaba de otras veces, un detalle de la historia. Su jefe, le prestaba atención,  temiéndose lo peor.
—¿Porqué no celebramos hoy ese día? ¿Recuerda a qué hora fue cuando les hizo el coctel?
—Perfectamente. Las cinco y media.
—¿Qué le parece si de cinco y media a seis y media, lo damos a bajo precio para celebrarlo? No me cuesta nada hacer un cartel y ponerlo. Y así me sirve de práctica para el examen. Por favor. A usted le enseño una gran artista, transmítamelo ahora a mí. Ande, es por una buena causa.
El señor Riquelme lo miró de arriba abajo. Apreciaba a Ernesto, era buen trabajador y de confianza. Pero no sabía muy bien porqué,  aquella conversación no le parecía natural, pero lo cierto es que la idea le gustaba. Sobre todo cuando escucho a Ernesto, nombrar al que fue amor platónico de su juventud.
—Le podríamos llamar coctel  Sarah Newman , decía abriendo las palmas de la mano en el aire, como si fuera un cartel.
Asintió con la cabeza, mientras daba una palmada en la espalda al muchacho.
De acuerdo. Una hora. Si funciona, igual lo hagamos más días.
—Excelente idea, señor Riquelme. Voy a hacer el cartel en el ordenador.
Apenas habían transcurrido veinte minutos de las cinco y media, y varias mesas lucían hermosas copas de coctel. En ese momento, Ernesto vio entrar a Elena, acompañada de su amiga, que venía con Miguel.  Tras los saludos, los invitó a sentarse en el mismo sitio donde  años atrás, se sentaron aquellas estrellas del celuloide, que por avatares del destino recalaron en la vida del señor Riquelme.
Las chicas, viendo las mesas con las copas, preguntaron asombradas
—¿Son tus cocteles?
—Sí. Y tengo reservada una sorpresa para vosotras, el  especial de la casa; ¡el coctel de las estrellas! –Observó el impacto que sus palabras causaban en sus invitadas—. La copa… Sarah Newman!!
Las chicas se miraron porqué era la primera vez que escuchaban ese nombre. Ernesto se dio cuenta, y añadió de cosecha propia.
—También lo toma Lady Gaga
Sonrió al ver que había acertado de pleno. Puso –dándole misterio al asunto—, un martillo junto a un paño de cocina con cubitos. Y un plato con azúcar delante de ellas, y fue al estante a por las copas de balón.
—Esto es para las bocas de las copas –dijo sonriendo con autosuficiencia–, luego viene lo bueno.
Y comenzó a mojar las copas, mientras Miguel lo escuchaba con estupor, y las dos amigas no se perdían detalle, totalmente entregadas a su nuevo héroe.



Espero que os guste. Lo he hecho con todo mi cariño. Cuento, como anécdota, que el cóctel es real y que lo hizo, ya hace un siglo, un barman de Nueva York, en homenaje a una gran actriz del cine mudo, de mucho éxito en todo el mundo, y que se llamaba Theda Bara.



Enrique Ríos Ferrer es autor de la novela El juicio de Dios, una apasionante historia en la que se plantea la responsabilidad de Dios sobre sus creaciones. Una mujer valiente se plantea ponerle una demanda al mismo Dios y a lo largo de la novela el lector se sentirá atrapado en una trama impactante y muy cinematográfica.

Esta semana mismo, Enrique Ríos Ferrer está muy contento puesto que a través de Paloma Gómez Borrero le ha regalado un ejemplar del libro al Papa Francisco I, dedicado. Podéis leerlo en su blog, Secuencia y Palabra, donde periódicamente publica artículos de opinión, relatos y noticias relacionadas con su obra.

La letra de la Biblioteca que le asigno a Enrique es una letra especial: la Q.

La próxima semana...

Ángels Om


3 comentarios:

  1. Un honor participar en tu blog, Mayte. Muchas gracias. Y todo el éxito para el debut en papel de DETRAS DEL CRISTAL.

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  2. Una forma muy original de presentar la receta...Yo no bebo, pero muy interesante.

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  3. Muchas gracias, Enrique. Es siempre un placer que os animéis a pasaros por este blog y dejar vuestras recetas, aderezadas con el mejor ingrediente: vuestro talento.

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